¿Alguna vez has sentido que sigues en algo solo porque ya has invertido demasiado tiempo, esfuerzo o dinero?
Piénsalo por un momento. Ese trabajo que ya no te llena, pero al que sigues yendo porque has pasado años construyendo una carrera ahí. Esa relación en la que el amor se ha desvanecido, pero que aún sostienes porque “han pasado tantas cosas juntos”. Ese proyecto en el que has dejado tu energía, tu dinero y tu esperanza, pero que nunca termina de despegar.
¿Por qué seguimos sosteniendo lo insostenible?
Recientemente, mi pareja y yo estamos volviendo a ver Better Call Saul, y en uno de los episodios, Jimmy McGill (Saul Goodman) menciona la “falacia del costo hundido”.
Este concepto explica cómo tendemos a seguir invirtiendo en algo, incluso cuando es evidente que ya no tiene futuro, solo porque nos cuesta aceptar la idea de “perder” lo que ya hemos invertido. Es un sesgo de pensamiento que afecta tanto nuestras decisiones personales como empresariales.
Algunos ejemplos comunes de esta falacia:
- Un estudiante que continúa con una carrera que no le gusta, solo porque ya ha invertido años en ella.
- Un empleado que insiste en seguir un plan de negocios que no funciona, simplemente porque le ha dedicado mucho esfuerzo.
- Un turista que se obliga a comer en un hotel de mala calidad solo porque ya pagó por el paquete.
Pero quiero ir más allá en esta exploración…
En otro capítulo de la misma serie, Kim Wexler también hace referencia a este concepto. Aquella noche, antes de dormir, me quedé reflexionando sobre las repercusiones que puede tener en nuestra vida seguir apostando por algo que, en el fondo, sabemos que no nos llevará a donde queremos, esperando que, por arte de magia, todo cambie.
Y no me refiero solo a situaciones externas.
Cuando soltar se siente imposible
Estuve casado por más de 29 años. No es fácil soltar una relación cuando hay tanta historia compartida, tanto amor invertido, amistades, familia… No es fácil renunciar a lo que fue por la incertidumbre de lo que será. Pero la vida se encargó y, con el tiempo, entendí que el divorcio fue la mejor decisión para ambos. Incluso para nuestra familia. A veces, lo que más miedo da soltar es lo que más necesitamos dejar ir.
También me ha pasado en los negocios. En más de una ocasión, seguí y seguí apostando por proyectos que, en el fondo, sabía que no iban a funcionar. Pero ¿cómo iba a renunciar después de haber invertido tanto tiempo, dinero y energía? La vergüenza de aceptar el fracaso, el miedo a las miradas juzgadoras, me hacían seguir ahí… hasta que el desgaste se volvía insoportable. Prefería hacerme daño a mí mismo antes que admitir que era hora de cerrar el capítulo.
Pero con los años he aprendido algo valioso: soltar no es perder.
Las trampas invisibles del costo hundido en nuestra identidad
¿Cuántas veces nos aferramos a cosas dentro de nosotros mismos solo porque hemos invertido demasiado en ellas?
- Ideas o pensamientos que un día dimos por válidos y no queremos soltar, simplemente porque nos ha costado demasiado defenderlos.
- Creencias que aceptamos como ciertas en algún momento y, aunque ahora sabemos que no lo son, seguimos aferrados a ellas porque son la norma o lo socialmente aceptado.
- Formas de actuar que llamamos “carácter”, cuando en realidad no son más que comportamientos aprendidos o adoptados, pero nos resistimos a soltarlos porque “así somos”.
- La identidad que nos contamos sobre quiénes somos: ese “yo soy” que hemos aprendido o construido con el tiempo y que, por todo lo invertido en alimentar ese personaje, no nos atrevemos a soltar para descubrir nuestra verdadera naturaleza.
Es como cuando tienes una planta marchita en casa. Has pasado semanas regándola, dándole sol, cuidándola con la esperanza de que reviva… pero cada día se ve más seca. Y en lugar de dejarla ir y plantar algo nuevo, sigues aferrado a ella porque no quieres aceptar que, a pesar de todo tu esfuerzo, no volverá a florecer
El verdadero costo de no soltar
En los últimos años he aprendido el valor de soltar, de permitirme no ser tan congruente con lo que dije, pero sí con lo que siento. Y, sobre todo, de reconocer en los resultados a los verdaderos maestros que nos muestran qué tan acertadas han sido nuestras decisiones. He aprendido que no pasa nada con devolverse, desviarse o emprender un nuevo viaje, sin importar cuánto haya caminado ya por una ruta.
A veces, soltar no significa rendirse, sino liberarse. No significa que lo que hiciste antes no tenía valor, sino que ya cumplió su propósito. La vida no se trata de cuánto has invertido en el pasado, sino de lo que eliges hoy.
Tal vez sea momento de preguntarte:
¿Qué estás sosteniendo que ya no te sostiene a ti?
Gracias por este artículo tan esclarecedor querido Luis Antonio Chacón. Creo que en gran parte se nos olvida que soltar muchas veces significa agarrar de otra manera. Los nexos reales no se pierden, lo que es real no se destruye.